Federico García Lorca
20 de octubre de 2026. 19:30h
Mis padres me habían regalado sendos libros gordos, encuadernados en piel, de Aguilar con las obras completas de Shakespeare y de Federico. En mi vida hay un antes y un después de esos librotes. Sobre Shakespeare he escrito mucho. Sobre Lorca no tanto, pero mi amor por el poeta granadino y por su obra corre parejo con el que me inspira el viejo Will y su prodigioso teatro. La obra de Federico es un auténtico almacén de mitos universales. Shakespeare también lo es. Yo no sabía nada de todo eso cuando me sumergí en la lectura de ambos.
Pero hoy se trata solo de mi devoción por Federico. No os podéis hacer una idea de lo que disfruté con sus Canciones, con su Romancero gitano, con su Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, con su Poeta en Nueva York, con su Diván del Tamarit (sobre todo con este último libro). Después de haber leído a Juan Ramón, mi contacto con la poesía de Lorca cuadraba el círculo de mis ambiciones lectoras en el terreno lírico, colmaba todas mis expectativas en ese ámbito. Pese a haber nacido granadino, andaluz y español, Federico era un ciudadano del universo mundo, alguien capaz de generar emociones y sensaciones que pertenecían a la humanidad en general, a todas sus lenguas, a todos sus acervos literarios.
Lorca no era solo el capitán de la Generación del 27, sino un Homero redivivo, porque la poesía de Federico es pura épica, que es la poesía madre, la poesía en su más alta y noble acepción, la poesía garantizada por el sello de autenticidad del Volksgeist, ese concepto que va siempre unido a la definición del verdadero genio y que está al alcance de muy pocos vates contemporáneos. Uno de ellos, sin duda, es Federico García Lorca, de quien quedará, por encima de todo, su prodigiosa producción poética, ya que su teatro adolece de numerosas lacras que no contaminan, ni en lo más mínimo, el resto de su obra.
Federico, noventa años ya sin ti. Poeta universal, poeta hondo, poeta de los mitos añejos y las metáforas redondas, camarada leal desde hace tantos años. Mi Federico.
Luis Alberto de Cuenca
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